A primera vista, la respuesta puede parecer sencilla: el detergente, el desengrasante, el disolvente o cualquier otro producto utilizado durante la limpieza.
Pero el coste real suele ir bastante más allá.
En muchas plantas y talleres, determinadas piezas siguen limpiándose directamente por el operario con cepillos, paños, sprays, recipientes u otros medios básicos. Es una práctica perfectamente válida para determinadas situaciones, especialmente cuando se trata de intervenciones puntuales o trabajos muy concretos.
El problema aparece cuando esta tarea forma parte habitual del proceso y su coste se calcula únicamente a partir del producto consumido.
Porque preparar la pieza, manipularla, aplicar el producto, frotar, aclarar, secar, comprobar el resultado, repetir el proceso si es necesario y gestionar posteriormente los residuos también consume recursos.
Y todo suma.
En este artículo, cuando hablamos de limpieza manual de piezas, nos referimos específicamente a aquellas operaciones realizadas directamente por una persona, sin utilizar una máquina de limpieza de piezas diseñada para ejecutar o facilitar el proceso.
Veamos qué habría que tener en cuenta para calcular su coste de forma más realista.
Empecemos por lo más evidente, aunque muchas veces no se contabilice: el tiempo de trabajo.
Una limpieza manual rara vez consiste únicamente en aplicar un producto sobre una pieza.
Según el componente y el tipo de suciedad, el operario puede necesitar:
Todo ese tiempo tiene un coste.
Si una operación requiere 15 minutos, por ejemplo, esos 15 minutos deberían multiplicarse por el coste real de la hora de trabajo y por el número de veces que la tarea se repite.
Una forma sencilla de empezar a calcularlo sería:
Tiempo dedicado a la limpieza × coste/hora del operario × número de operaciones
Una tarea que parece pequeña cuando se analiza de forma aislada puede representar bastantes horas de trabajo cuando se repite diariamente.
La primera pregunta, por tanto, es sencilla:
¿Sabes cuántas horas dedica realmente tu equipo cada mes a limpiar piezas?
Los productos utilizados son probablemente la parte más visible del coste, pero tampoco deberían analizarse de forma aislada.
Una operación manual puede requerir:
También hay que considerar su almacenamiento, reposición y correcta manipulación.
Además, determinados productos químicos pueden exigir medidas preventivas específicas dependiendo de su composición y forma de utilización.
Por tanto, cuando se compara el coste de diferentes procesos de limpieza, no basta con saber cuánto cuesta el producto por litro.
La cuestión realmente útil es cuánto cuesta utilizarlo correctamente para obtener el resultado necesario.
Aquí aparece otro coste que fácilmente pasa desapercibido: el reproceso. Una pieza se limpia, se revisa y todavía presenta restos de grasa, aceite, carbonilla, pintura u otro contaminante. Hay que empezar de nuevo.
Eso implica volver a manipular la pieza, utilizar más producto y dedicar más tiempo del operario. Y, dependiendo de la aplicación, también puede retrasar las siguientes fases del proceso.
Porque la limpieza no suele ser el objetivo final. Normalmente la pieza necesita quedar preparada para:
Por eso resulta útil hacerse algunas preguntas: ¿Cuántas piezas tienen que limpiarse más de una vez? ¿Hay determinados contaminantes que generan más reprocesos? ¿El resultado depende demasiado de la persona que realiza el trabajo? ¿Existe un criterio claro para determinar cuándo la pieza está suficientemente limpia?
Cada repetición supone volver a consumir tiempo y recursos.
No todos los costes aparecen en una factura. Un técnico de mantenimiento que dedica parte de su jornada a limpiar manualmente un componente no puede realizar simultáneamente otras tareas de mantenimiento. Lo mismo ocurre con cualquier trabajador de producción.
Es lo que conocemos como coste de oportunidad.
Y puede ser especialmente relevante cuando la limpieza es frecuente, requiere bastante intervención o afecta a personal especializado. También puede darse la situación inversa: que una pieza quede esperando a ser limpiada antes de poder continuar con una reparación o volver al proceso productivo.
En ese caso, el coste no está únicamente en los minutos empleados en limpiar, sino también en cómo esa operación afecta al resto del proceso.
Reducir tareas que absorben tiempo sin aportar valor directo al proceso productivo puede tener un impacto importante sobre la eficiencia general de la planta. De hecho, la relación entre mantenimiento, limpieza y productividad es uno de los aspectos que analizamos también en nuestra guía sobre cómo reducir tiempos de inactividad y mejorar la productividad en planta.
Por eso conviene analizar:
La limpieza manual puede seguir siendo perfectamente adecuada para una intervención puntual.
Pero cuando se convierte en una operación frecuente, merece la pena medir cuánto tiempo está absorbiendo realmente.
La limpieza tampoco termina cuando la pieza está lista. Después pueden quedar líquidos usados, restos de productos químicos, paños, absorbentes, envases u otros materiales contaminados.
Dependiendo de su naturaleza, estos residuos pueden necesitar:
Todo ello implica tiempo y recursos. Además, no todos los procesos de limpieza generan el mismo volumen de residuos ni requieren la misma frecuencia de sustitución de los productos utilizados.
Por eso, cuando se calcula cuánto cuesta limpiar piezas manualmente, también hay que mirar qué ocurre después con aquello que hemos utilizado para limpiar.
No existe una cifra universal. Dependerá del tipo de pieza, el contaminante, la frecuencia de limpieza, el nivel de acabado necesario y el método utilizado.
Pero una aproximación razonable debería contemplar:
Coste de limpieza = tiempo del operario + productos y consumibles + medios de protección + reprocesos + tiempo improductivo + gestión de residuos
También puede resultar útil calcular:
Coste por pieza correctamente limpiada = coste total del proceso / número de piezas correctamente procesadas
Este indicador permite comparar alternativas de forma mucho más útil.
Porque un método aparentemente económico puede dejar de serlo si requiere mucha intervención, genera reprocesos frecuentes o consume una cantidad elevada de productos y materiales.
Hay operaciones puntuales, piezas concretas y determinadas situaciones en las que limpiar directamente con un cepillo, un paño o un producto específico puede ser la opción más práctica.
La cuestión cambia cuando hablamos de una tarea repetitiva, frecuente o que consume una cantidad importante de tiempo.
En estos casos conviene preguntarse si el método utilizado sigue siendo el más adecuado para la aplicación.
Existen diferentes tecnologías y equipos de limpieza de piezas. Por ejemplo, las máquinas manuales de limpieza de piezas permiten al operario dirigir la limpieza sobre las zonas que lo necesitan, pero dentro de un equipo diseñado específicamente para facilitar el proceso. En otros casos, las máquinas automáticas de limpieza de piezas pueden reducir la necesidad de intervención continua del operario mientras se desarrolla el ciclo de limpieza.
La elección dependerá del tipo de componente, el material, la geometría, la suciedad que haya que eliminar, el volumen de trabajo y el nivel de limpieza requerido.
Por eso, la pregunta no debería ser únicamente:
“¿Cuánto me cuesta el producto que utilizo para limpiar?”
Sino:
“¿Cuánto me cuesta conseguir una pieza correctamente limpia y lista para continuar el proceso?”
Esa segunda pregunta ofrece una visión mucho más realista.
En Safetykleen analizamos la aplicación completa para determinar qué proceso y tecnología de limpieza encajan mejor en cada caso. No todas las piezas necesitan la misma solución, y no todas las tareas requieren el mismo nivel de automatización.
El objetivo es encontrar un proceso que consiga el resultado necesario de forma eficiente y permita dedicar los recursos de la empresa donde realmente aportan valor.